Energética 249. Septiembre 2025

fósil, pudiendo inyectarse en la red sin nece- sidad de nuevas infraestructuras ni de cam- bios en hogares o industrias. España, un hub por construir España cuenta con condiciones singula- res: potencia agrícola y ganadera, y una red gasista moderna y flexible preparada para gases renovables. Según un estudio de Se- digas, el país podría producir hasta 163 TWh de biometano anuales, equivalentes al 50% de su consumo actual de gas natural. Esta cifra permitiría no solo reforzar el suminis- tro interno, sino también convertir a España en exportador neto hacia Europa: un au- téntico hub del gas renovable en el sur del continente. El impacto sería monumental. Reducir en un 45% las importaciones significarían me- nor exposición a la volatilidad internacional. Si en 2022 se hubiera contado con esa capa- cidad, cuando los precios se dispararon tras la invasión de Ucrania, los consumidores ha- brían ahorrado hasta 4.000 millones de eu- ros. Pero no es solo una cuestión de costes: es autonomía. Una red descentralizada de plantas de biometano fortalecería la resilien- cia energética ante futuras crisis o tensiones geopolíticas. La realidad, sin embargo, está lejos de ese potencial. Hoy España cuenta con apenas 17 plantas operativas, frente a las 675 de Fran- cia o las 250 de Alemania. Dinamarca, con una población mucho menor, ya produce suficiente biometano para cubrir más del 40% de su consumo nacional. La diferencia refleja estrategias nacionales divergentes. Mientras Francia ha articulado un sistema de primas a la inyección que garantiza ingresos estables a los productores, y Alemania con- solidó su liderazgo con tarifas reguladas des- de hace dos décadas, España ha relegado el biometano a un segundo plano. El PNIEC apenas contempla 20 TWh de biogás en 2030 y carece de un sistema estable de incentivos o un marco regulatorio específico para su despliegue. Europa ya ha marcado el rumbo El contraste con Bruselas es evidente. La Directiva de Energías Renovables (RED III), aprobada en 2023, fija metas más exigen- tes y reconoce el papel del biometano en la sustitución del gas fósil. Además, la crea- ción de un sistema común de garantías de origen facilita su trazabilidad y comercio, abriendo la puerta a un verdadero merca- do europeo en el que España podría ser exportador neto si aprovecha su capacidad excedentaria. Pero no basta con esperar a que el merca- do madure por sí solo. Impulsar el biome- tano como vector de independencia ener- gética exige decisiones políticas. A corto plazo, se requieren objetivos vinculantes de producción e inyección acordes al poten- cial del país. Es urgente también simplificar los trámites que hoy retrasan proyectos du- rante años, y clarificar la normativa sobre el digestato, que puede convertirse en fertili- zante orgánico si se regula adecuadamente. Por encima de todo, el sector necesita cer- tidumbre, también económica. A diferencia de otras renovables, el biometano implica inversión intensiva y costes recurrentes asociados a residuos, operación de plantas y conexión a la red. Sin un marco de renta- bilidad clara será difícil alcanzar la escala que demanda la coyuntura. España debe- ría estudiar mecanismos similares a los de países vecinos, donde han demostrado efi- cacia. Lo contrario es renunciar a una herra- mienta capaz de generar riqueza, empleo y autonomía. Mucho más que energía El valor del biometano trasciende con mu- cho la dimensión energética. Es una herra- mienta de cohesión social y territorial. Allí donde se instalan plantas de producción, se generan empleos directos en la operación y el mantenimiento, pero también empleos in- directos ligados a la recogida de residuos, la logística y los servicios auxiliares. Cada ins- talación supone puestos de trabajo adicio- nales y estables, en muchos casos en zonas rurales que sufren la pérdida constante de población activa. Este efecto se multiplica en sectores como el agrícola y ganadero, donde el biometa- no ofrece nuevas fuentes de ingresos al dar valor económico a residuos que antes su- ponían un coste de gestión. La posibilidad de transformarlos en energía y fertilizantes orgánicos convierte a los agricultores y gana- deros en protagonistas de la transición ener- gética, reforzando así el arraigo al territorio. El biometano también contribuye a la lla- mada transición justa. Permite que zonas tradicionalmente dependientes de la mi- nería o de industrias intensivas en carbo- no puedan reconvertirse hacia actividades sostenibles, generando oportunidades para las nuevas generaciones sin necesidad de abandonar sus comarcas de origen. En este sentido, se convierte en una política activa contra la despoblación y en un catalizador de la economía circular a escala local. El biometano es también una pieza de la economía circular: convierte desechos en energía y productos útiles, reduciendo emisiones de metano asociadas a vertede- ros, explotaciones ganaderas o campos de cultivo, y mejorando la gestión de residuos municipales. Esa capacidad de cerrar ciclos productivos y ambientales lo convierte en un aliado natural de los objetivos de descarbo- nización y sostenibilidad. Además, aporta flexibilidad al sistema eléctrico. Puede almacenarse y utilizarse en momentos de alta demanda, reforzando la seguridad de suministro en un contexto de electrificación acelerada. Esta capacidad de respaldo será cada vez más valiosa. En definitiva, apostar por el biometano no es únicamente impulsar una tecnología renovable: es invertir en cohesión social, en empleo rural de calidad y en un modelo de desarrollo equilibrado que reduzca las des- igualdades territoriales. Una cuestión de soberanía El sector necesita una estrategia nacional in- tegral que combine ambición, coordinación institucional y coherencia normativa. Una estrategia que reconozca que el biometano no es solo una tecnología más, sino un ac- tivo energético y geopolítico que debe ser tratado con visión de Estado. La independencia energética no es un es- logan. Es una condición indispensable para garantizar bienestar ciudadano, competiti- vidad económica y seguridad energética. En un mundo donde la energía se ha convertido en arma política, los países que sepan apro- vechar sus recursos renovables locales esta- rán mejor preparados para resistir presiones externas y construir un modelo sostenible. El biometano permite hacer justo eso: ge- nerar energía limpia con recursos propios, fortalecer el tejido rural, reducir emisiones y disminuir la vulnerabilidad externa. Lo que está en juego no es un simple porcen- taje del mix energético, sino una cuestión de soberanía. España tiene el potencial. Europa ofrece el marco. Lo que falta es la decisión. El momen- to es ahora ◉ gases renovables 69 ENERGÉTICA XXI · 249 · SEP 25

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