Revista Energética. Abril 2026
En paralelo, el crecimiento de la movilidad eléctrica continúa. En 2025, los vehículos eléctricos y electrificados alcanzaron cerca de 850.000 unidades en circulación en Espa- ña, con un aumento cercano al 95%. Este di- namismo confirma que la transición está en marcha, pero también incrementa la presión sobre un sistema que aún no está completa- mente preparado para absorberla. Es precisamente en este punto donde la intermodalidad cobra una relevancia estra- tégica. Porque la electrificación, por sí sola, no resolverá los retos de con- gestión, eficiencia ni uso del espacio urbano. De hecho, sus- tituir un parque de vehículos térmicos por uno eléctrico sin modificar los hábitos de mo- vilidad implicaría mantener, o incluso agravar, problemas es- tructurales como la saturación del tráfico o la ocupación del espacio público. La intermodalidad propone un cambio de paradigma: no se trata de sustituir un vehículo por otro, sino de redefinir la lógica del desplazamiento. En lugar de depender de un único modo de transporte, el usuario combina diferentes soluciones en función de sus necesidades. Este enfoque permite optimizar cada tramo del trayecto, reduciendo el uso innecesario del coche y, en consecuencia, la demanda de infraestructuras críticas como la recarga. En una ciudad como Madrid, este modelo tiene un potencial particularmente alto. La capital dispone de una de las redes de trans- porte público más desarrolladas de Europa, con metro, autobuses y cercanías capaces de absorber grandes volúmenes de despla- zamientos. Sin embargo, el verdadero reto se sitúa en la conexión entre estos sistemas y los trayectos de primera y última milla. Aquí es donde entran en juego soluciones complementarias como el carsharing, la micromovilidad o incluso los servicios bajo demanda. Estas opciones permiten cubrir trayectos específicos sin necesidad de recu- rrir al vehículo privado en su totalidad, redu- ciendo tanto las emisiones como la presión sobre la infraestructura urbana. Además, la intermodalidad introduce un elemento clave en el debate sobre sosteni- bilidad: la eficiencia sistémica. En lugar de dimensionar la ciudad en función de un uso intensivo del coche, aunque sea eléctrico, se optimizan los recursos existentes. Esto no solo reduce la huella de carbono, sino que también mejora la resiliencia del sistema ante picos de demanda o limitaciones de infraestructura. Las cifras lo confirman indirectamente. El hecho de que España haya alcanzado solo un 25,4 sobre 100 en su indicador global de electromovilidad muestra que el desarrollo del ecosistema aún está lejos de su madu- rez. La electrificación avanza, pero lo hace de forma desigual y con limitaciones operativas que pueden ralentizar su impacto real si no se acompaña de un cambio estructural en los patrones de movilidad. Otro aspecto crítico es la gestión del espa- cio urbano. Madrid, como muchas grandes ciudades, enfrenta una creciente competen- cia por el uso del espacio público. La reduc- ción del número de vehículos en circulación, más allá de su tipo de motorización, es clave para liberar espacio y mejorar la calidad de vida urbana. En este sentido, los modelos intermodales, apoyados en soluciones com- partidas, permiten reducir el número total de vehículos necesarios para satisfacer la demanda. Desde la perspectiva energética, la inter- modalidad también contribuye a una mejor gestión de la red eléctrica. La electrificación masiva del transporte implica una demanda creciente de energía, que debe integrarse en un sistema donde las energías renovables ya representan más del 50% del consumo. Optimizar el uso de los vehículos y reducir su dependencia puede aliviar la presión sobre la infraestructura eléctrica, especialmente en momentos de alta demanda. No obstante, para que este modelo fun- cione, es imprescindible avanzar en varios frentes. La integración digital es uno de ellos. Las plataformas de movilidad como servicio (MaaS) permiten planificar, reservar y pagar distintos modos de transporte desde una única aplicación, facilitando la experiencia del usuario y eliminando fricciones. Sin esta capa digital, la intermodalidad corre el ries- go de quedarse en un concepto teórico. La coordinación entre actores públicos y privados es otro elemento clave. La movili- dad sostenible no puede cons- truirse de manera fragmentada. Requiere una visión compartida, donde operadores de transpor- te, proveedores de servicios de movilidad y administraciones trabajen de forma conjunta para garantizar la coherencia del sistema. Asimismo, es necesario avan- zar en la interoperabilidad y en la simplificación del acceso a los servicios. La existencia de múlti- ples plataformas, tarifas y condi- ciones puede dificultar la adop- ción por parte de los usuarios. La experiencia debe ser sencilla, intuitiva y transparente para fomentar un cambio real en los hábitos de movilidad. En última instancia, la intermodalidad no es solo una solución técnica, sino una trans- formación cultural. Implica pasar de un mo- delo basado en la propiedad del vehículo a uno centrado en el acceso a la movilidad. Este cambio, que ya se está produciendo en las grandes ciudades, requiere tiempo, pero también una propuesta de valor clara para el usuario. Madrid tiene todos los elementos para li- derar esta transición: una infraestructura de transporte sólida, una oferta creciente de so- luciones de movilidad y un marco regulato- rio que impulsa la sostenibilidad. Sin embar- go, las cifras muestran que la electrificación, por sí sola, no será suficiente. La verdadera oportunidad reside en inte- grar, conectar y optimizar. En construir un sistema donde cada modo de transporte aporte valor en el momento adecuado. En definitiva, en entender que la movilidad sos- tenible no depende únicamente de cómo nos movemos, sino de cómo combinamos nuestras opciones para hacerlo de forma más inteligente ◉ movilidad sostenible 93 ENERGÉTICA XXI · 255 · ABR 26
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