Enero arrancó con esa mezcla de satisfacción y vértigo que sólo se da cuando un país hace bien los deberes… y, aun así, sabe que lo difícil viene después. Cerrábamos 2024 con un hito: el 56,8% de la generación eléctrica nacional era renovable. Íbamos por delante en el marcador, sí, pero la segunda parte estaba por jugarse: integrar, aprovechar y convertir ese liderazgo eléctrico en una transformación de todo el sistema energético, no sólo del eléctrico.
Por eso 2025 ha sido el año en que el debate dejó de centrarse en “cuántos megavatios instalamos” y pasó a una pregunta más incómoda: “¿cómo los integramos y cómo hacemos que la energía limpia llegue a la industria, al transporte y al calor?”. Ese cambio de enfoque tuvo un punto de inflexión que nadie olvidará: el cero energético del 28 de abril.
El cero energético: un suceso excepcional que cambió nuestra visión
El cero energético fue un suceso que nos obligó a mirar el sistema con otros ojos. La reposición del suministro demostró capacidad de recuperación, pero también dejó una lección: con renovables necesitamos herramientas específicas de estabilidad, control de tensión y respuesta dinámica. No es cuestionar el rumbo; es aceptar que el siguiente salto ya no es “instalar más”, sino “operar mejor”, y reconocer el valor de los servicios que sostienen la red, aunque no siempre se reflejen en el precio horario.
Tras aquel episodio, la operación se ha vuelto más conservadora, con una programación reforzada orientada a minimizar riesgos. Tiene lógica desde la seguridad, pero también tiene costes: menos integración renovable, más restricciones y una señal al mercado que penaliza precisamente aquello que más abarata la electricidad. Si ese “modo defensivo” se normaliza, los objetivos se alejarán aunque sigamos batiendo récords de potencia. No podemos elegir entre seguridad o renovables: tenemos que construir ambas a la vez.
La consecuencia más visible ha sido el salto en vertidos y restricciones. De un entorno de más del 8% de vertidos (sumando limitaciones de red y falta de demanda) hemos pasado a superar el 15% al incorporar el efecto de la operación reforzada. El vertido es electricidad limpia que ya hemos pagado (en inversión, permisos, financiación y conexión) y que no llega a sustituir combustibles fósiles. Es, en términos domésticos, cocinar de más: por buena que sea la receta, si nadie la puede comer a tiempo, acaba en la basura. Y cuando se repite, deja de ser un síntoma para convertirse en un problema estructural.
Desequilibrio entre tecnologías… y desequilibrio entre oferta y demanda
A la vez, 2025 ha puesto en primer plano dos desequilibrios. El primero es tecnológico: mucha fotovoltaica entrando rápido, otras tecnologías avanzando más despacio y almacenamiento aún irrisorio. El resultado se ve en el mercado: precios hundidos a mediodía y picos al atardecer. En 2024, alrededor del 9% de las horas cerraron a precio cero o negativo; 2025 ha confirmado que no era una anécdota. Sin integración, esa señal complica la financiación, empuja a una mayor volatilidad y reduce el apetito inversor justo cuando debemos invertir en redes, almacenamiento y gestión.
El segundo desequilibrio es oferta-demanda. La electricidad sigue siendo una fracción insuficiente del consumo energético total: el sector eléctrico avanza, pero el transporte, el calor y buena parte de la industria no acompañan al ritmo necesario. Y aquí está la clave: el PNIEC no se alcanzará tratando la transición como si fuese sólo eléctrica. La ambición es doble: un sistema eléctrico mayoritariamente renovable y un salto decidido en la cuota renovable del consumo final de energía. Ese segundo objetivo es el que determina, en última instancia, el impacto real sobre emisiones, dependencia y competitividad.
Electrificación: la palanca más rápida y económica
La palanca más rápida es la electrificación y, además, es competitiva. Los datos lo muestran: un hogar completamente electrificado puede ahorrar en torno a un 64% (más de 1.400 euros al año), las bombas de calor reducen costes frente a calderas fósiles y, en industria, muchas soluciones eléctricas recortan el coste total de propiedad entre un 51% y un 61% con retornos en menos de cuatro años. Por eso conviene repetirlo: electrificar es rentable, sostenible y urgente. Pero no basta con pedirlo; hay que hacerlo posible con señales estables, financiación de la inversión inicial y una tramitación que no convierta en una carrera de obstáculos la sustitución de equipos, la instalación de recarga o la electrificación de procesos.
Y, junto a electrificar, toca integrar. Un sistema no se sostiene sólo con megavatios baratos; se sostiene con megavatios útiles. “Todo necio confunde valor y precio”, decía Machado, y en energía la frase es casi una guía de operación. Necesitamos redes e interconexiones y una gestión más inteligente; necesitamos almacenamiento a escala, tanto bombeo como baterías, y flexibilidad para desplazar energía en el tiempo; y necesitamos un mix equilibrado con renovables gestionables (hidráulica, biomasa y otras tecnologías hibridadas) que aporten firmeza y estabilidad. Esto no va de escoger ganadores; va de combinar capacidades para que la electricidad limpia sea aprovechable, estable y fiable.
Los objetivos del PNIEC no se limitan a la electricidad
Si miramos la hoja de ruta, el PNIEC apunta a 22,5 GW de almacenamiento en 2030. Esa cifra no es un capricho: es la condición para que la electricidad barata del mediodía no sea un problema, sino una oportunidad. Almacenamiento, hibridación y flexibilidad pueden convertir vertidos en competitividad, y picos en estabilidad. Además, el despliegue de redes debe anticiparse a la demanda: no podemos pedir electrificación y, a la vez, mantener cuellos de botella que retrasen conexiones, repotenciaciones o nuevos consumos industriales.
El PNIEC, además, no alcanzará sus metas únicamente apoyándose en los electrones. Hay usos energéticos donde electrificar será más lento o más complejo, y ahí entran las moléculas verdes: biocarburantes, biogás y biometano. Los biocarburantes permiten reducir emisiones ya en un parque móvil donde el motor de combustión seguirá presente durante años, especialmente en transporte pesado y determinadas aplicaciones. El biogás y el biometano son una oportunidad para descarbonizar calor e industria, reducir dependencia exterior y generar actividad local, con economía circular y empleo en el territorio. Para desplegarlos con éxito necesitamos seguridad regulatoria, agilidad administrativa y una conversación social basada en sostenibilidad, trazabilidad y beneficios compartidos.
Un balance económico que refuerza la idea de “apuesta de país”
Si miramos 2025 con perspectiva, el mensaje de fondo es potente: España tiene una ventaja comparativa real, tanto por los recursos (sol, viento, agua, bioenergía…) como por nuestro conocimiento y capacidad empresarial. En nuestra mano está convertir este potencial ventaja competitiva industrial… si resolvemos correctamente su integración.
El Estudio del Impacto Macroeconómico de las Energías Renovables en España, pone cifras al sector: en 2024 la aportación al PIB fue de 15.057 millones de euros (0,95% de la economía) y el empleo se situó en 126.574 trabajadores. Además, las renovables abarataron el mercado, evitaron importaciones fósiles y derechos de emisión por miles de millones. La lectura es clara: los beneficios de las renovables van más allá de la energía; alcanzan vectores estratégicos como industria, empleo, balanza comercial y resiliencia.
El reto de 2026: acompañar sin paralizar
El reto inmediato, por tanto, no es frenar; es acompañar sin paralizar. Recuperar integración sin comprometer seguridad; acelerar redes y almacenamiento para reducir vertidos; electrificar en serio convirtiendo el ahorro en política pública; equilibrar tecnologías premiando el valor y no sólo el precio; e impulsar bioenergía y gases renovables para descarbonizar donde el electrón aún no llega.
El cierre de este análisis debe ser optimista, porque los hechos lo permiten. España ya ha demostrado que puede liderar el despliegue renovable; 2025 nos ha enseñado, a veces de forma abrupta, que ahora toca liderar también la integración. Si convertimos los precios bajos del mediodía en ventaja competitiva podremos atraer industria, electrificando consumos y almacenando excedentes. La transición no es sólo instalar: es cambiar cómo consumimos, cómo gestionamos y cómo competimos. Con voluntad y unidad, las renovables pueden ser también el mayor motor industrial y económico de la España que viene.
Artículo escrito por:
José María González Moya
, director general de
APPA Renovables