La transición energética en España ha estado marcada por grandes objetivos macro como la descarbonización o la electrificación, pero rara vez se detiene en los instrumentos disponibles que hacen posible su materialización; unos instrumentos que, además, son un gran indicador para analizar y evaluar qué avances concretos se están llevando a cabo y el avance real del proceso. En ese sentido, los datos recopilados a partir del sistema de Certificados de Ahorro Energético (CAE) comienzan a ofrecer una fotografía muy precisa de cómo se está produciendo esta transformación en diversos sectores.
En Andalucía, concretamente, el sistema ya permite extraer conclusiones relevantes. A mes de marzo de este año, la comunidad acumula 377,68 GWh de ahorro energético solicitado y 309 expedientes de emisión de CAE. En noviembre del pasado año se alcanzó un máximo mensual de 82,7 GWh solicitados, y el crecimiento ha sido especialmente significativo: en 2025 el volumen de ahorro solicitado se ha incrementado en torno a un 400% respecto al año anterior.
Pero lo más revelador no es el volumen, sino su composición. El sector industrial concentra el 64,66% del ahorro energético solicitado, con 244,21 GWh. A distancia aparecen el sector terciario (58,37 GWh) y el agropecuario (55,20 GWh), mientras que el transporte apenas aporta 19,28 GWh y el sector residencial es prácticamente inexistente en el marco del mecanismo.
Esto permite extraer una primera conclusión: los CAE no están penetrando de forma homogénea en la economía, sino que están funcionando esencialmente como un instrumento industrial. Y eso, lejos de ser un problema, responde a su propia lógica económica.
Durante el siglo XX la energía fue simplemente un coste de producción. El sistema CAE introduce un cambio relevante: el ahorro energético se convierte en un activo económico. No es solo una reducción de gastos futuros; pasa a ser también un ingreso presente. La empresa que invierte en eficiencia no solo consume menos, sino que obtiene una retribución verificable por el ahorro conseguido. El mecanismo, por tanto, no subvenciona la inversión, sino el resultado.
Sin embargo, esta concentración sectorial introduce una cuestión de fondo. El sistema funciona bien desde el punto de vista económico, pero su finalidad última no es únicamente mejorar la eficiencia empresarial, sino contribuir a la reducción de emisiones. Y es precisamente ahí donde aparece el principal reto: el mapa de los CAE no coincide con el mapa de las emisiones.
El Inventario Nacional de Gases de Efecto Invernadero 2025 muestra que las emisiones totales en Andalucía se han mantenido relativamente estables en los últimos años, con variaciones vinculadas principalmente al transporte, la demanda energética industrial y la climatología. El transporte es el principal emisor difuso, seguido de la agricultura y la ganadería, y posteriormente la industria. El propio inventario confirma que Andalucía no avanza al ritmo necesario para cumplir el objetivo de reducción del 39% de emisiones difusas en 2030. Y la razón principal no es la falta de actuaciones, sino su distribución.
En industria, la alineación es positiva: las actuaciones de eficiencia energética inciden sobre uno de los sectores donde las emisiones han crecido desde 2018. En terciario ocurre algo similar, pero el sistema apenas ha penetrado en transporte, el mayor emisor, ni en residencial, donde el consumo energético asociado a climatización sigue aumentando. Tampoco en agricultura, segundo sector en emisiones difusas.
Existe, por tanto, una desalineación estructural entre los sectores que más emiten y los sectores donde se están aplicando los CAE. El bajo peso del mecanismo en transporte y residencial constituye una de las claves para que Andalucía pueda cumplir sus objetivos climáticos.
Esto revela algo importante: el éxito inicial del sistema no depende tanto del potencial de ahorro existente como de la capacidad de cada sector para operar dentro del propio mecanismo. La industria dispone de recursos. Sin embargo, sectores más fragmentados carecen, por ahora, de esa intermediación. Por ello, el sistema CAE está actuando de facto como una herramienta de política industrial.
En definitiva, la evidencia indica que el sistema funciona, pero la cuestión es si puede ampliarse y distribuirse de forma más homogénea entre sectores. Para ello, el mecanismo afronta dos retos: uno operativo, con el objetivo de simplificar la tramitación para permitir la participación de sectores con menos recursos; y otro estratégico, con el fin de evitar que el sistema quede restringido a grandes consumidores energéticos.
La transición energética no depende únicamente de instalar más renovables, sino de reducir de forma estructural la demanda energética. Los CAE han demostrado que es posible convertir la eficiencia en una decisión económica racional para la empresa. Ahora el desafío es extender ese incentivo al conjunto de la economía y alinearlo con los sectores donde se concentra el mayor volumen de emisiones.
Artículo escrito por:
Manuel Mestre
, director de Ayudas y Subvenciones,
Ayming España