Recogida y almacenada, la paja de maíz se utiliza como combustible en un proceso de cogeneración que permite producir electricidad renovable y vapor. Los gases obtenidos durante la combustión pasan después por una instalación específica que captura y purifica el CO2 de origen biogénico. Una vez acondicionado, este CO2 se combina con hidrógeno verde para producir e-Metanol. La biomasa deja así de ocupar un lugar secundario en el debate energético. Es el primer eslabón de una cadena industrial que comienza en el campo y contribuye a la descarbonización del transporte marítimo, aéreo y terrestre.
Un recurso antiguo para una necesidad muy actual
La biomasa es energía renovable obtenida a partir de materia orgánica. Es la cuarta fuente de energía más utilizada en el mundo y admite aplicaciones eléctricas, térmicas y de producción de biocombustibles. En cogeneración, el combustible se quema de manera controlada para producir vapor. Ese vapor mueve una turbina conectada a un generador y, al mismo tiempo, puede aprovecharse como energía térmica en otros procesos industriales o en redes de calor.
La diferencia práctica frente a un esquema puramente eléctrico es importante. El calor no se trata como una pérdida inevitable, sino como un flujo útil. Por eso, la eficiencia de un sistema integrado no puede juzgarse únicamente por la electricidad que entrega a la red. También hay que observar qué ocurre con el vapor, qué necesidades térmicas cubre y si los subproductos de un proceso alimentan el siguiente.
También conviene evitar la simplificación: la biomasa no es un combustible uniforme. Su comportamiento depende del origen, la humedad, la forma de suministro y sus posibles usos alternativos. La elección de la materia prima condiciona la tecnología, la logística y la viabilidad económica.
Reolum, en su proyecto La Robla Green, ha optado por una estrategia basada principalmente en la paja de maíz debido a su abundancia en el entorno. De hecho, la paja de maíz no tiene actualmente ningún aprovechamiento ganadero ni otro uso productivo en la zona. Su permanencia en los campos supone además un problema económico para los agricultores, que deben asumir labores adicionales para enterrarla, así como un mayor uso de productos fitosanitarios y fertilizantes nitrogenados. Estas prácticas incrementan los costes asociados al cultivo y resultan también negativas desde el punto de vista medioambiental. El suministro se completa con paja de centeno y colza, mientras que la biomasa agrícola leñosa astillada se contempla como respaldo estacional y comercial.
Europa apuesta por la bioenergía
El uso energético de la biomasa ha crecido con fuerza en Europa. Entre 2000 y 2019, el consumo de bioenergía en la Unión Europea aumentó un 150% y la electricidad y el calor concentran sus principales aplicaciones. España es el séptimo productor europeo de energía a partir de biomasa y, en 2022, su consumo alcanzó los 48,1 TWh, un 6,7% más que el año anterior.
Este crecimiento responde a la convergencia entre una demanda creciente de energía limpia y un marco europeo cada vez más favorable a la sustitución de los combustibles fósiles. Las ayudas, cuotas y objetivos impulsados por la Unión Europea están acelerando el aprovechamiento energético de la biomasa. Con una previsión de crecimiento anual compuesto del 6,83%, el mercado refleja el potencial de transformar materias primas aprovechables en energía y convertirlas en el punto de partida de nuevas cadenas industriales.
España, por su parte, cuenta con una base de recursos considerable. Castilla y León reúne 2,5 millones de hectáreas agrícolas, un 80% dedicadas a cereales, y 2,1 millones de hectáreas forestales. La oportunidad, sin embargo, no se mide solo en hectáreas. Un residuo agrícola no se convierte por sí solo en combustible industrial. Es necesario recogerlo, acondicionarlo, transportarlo y conservarlo para garantizar la continuidad de la operación. Esa infraestructura genera actividad recurrente para agricultores, transportistas, almacenes y servicios técnicos. Así se conecta la descarbonización con el desarrollo económico del territorio.
La Robla Green y el valor de integrar procesos
La Robla Green, actualmente en desarrollo, materializa esta visión en un complejo concebido para integrar cogeneración con biomasa, captura y purificación de CO2 biogénico, producción de hidrógeno verde mediante un electrolizador de 200 MWe y una planta de e-Metanol verde con una capacidad de producción prevista de 140.000 toneladas al año. Aquí la biomasa no desempeña un papel auxiliar, sino que permite generar electricidad renovable y energía térmica, mientras que el CO2 biogénico presente en los gases de combustión se captura y purifica para utilizarlo posteriormente en la producción de e-Metanol verde.
El proyecto obtuvo, en octubre de 2022, una adjudicación en la subasta del MITECO para 50 MW de biomasa. La instalación está diseñada para operar 8.000 horas anuales a plena carga y consumir unas 300.000 toneladas de biomasa al año.
La energía térmica generada se utilizará en la captura de CO2, en procesos de calentamiento y, potencialmente, en soluciones de calefacción de distrito. Los gases de combustión contienen carbono de origen biogénico. En lugar de considerar ese flujo como el final del proceso, el diseño prevé capturarlo y combinarlo con hidrógeno verde para producir e-Metanol. La Robla, además, capturará el doble del CO2 que requiere su propia producción. La mitad restante se destinará a Villadangos Green, un segundo complejo en Castilla y León, mediante un ceoducto de 37 km que une ambas instalaciones.
Del campo a la planta, un suministro planificado
La estrategia de abastecimiento de La Robla cubre un radio de hasta 200 kilómetros en el territorio de Castilla y León. León concentra el 74% de la superficie regional cultivada con maíz y la disponibilidad calculada de paja de este cultivo multiplica por 3,3 las necesidades de la instalación.
Ese margen reduce el riesgo de disponibilidad, aunque no elimina la estacionalidad. El maíz, el centeno y la colza se cosechan en momentos distintos. Para mantener la operación se ha proyectado una red de diez almacenes externos cubiertos, con una capacidad conjunta de 75.000 toneladas de paja empacada, equivalente a aproximadamente 80 días de consumo. La entrega se realizará principalmente por carretera y la conexión ferroviaria se contempla como opción adicional. Un almacén en planta cubrirá el consumo durante los fines de semana y estará operativo para posibles incidencias en el suministro.
El diseño admite entre un 50% y un 100% de residuos agrícolas y hasta un 50% de biomasa agrícola leñosa astillada. Esta flexibilidad permite responder a variaciones estacionales y comerciales sin perder el foco en la paja de maíz.
Una cadena diversificada de agricultores reduce la concentración del suministro. El almacenamiento convierte una cosecha estacional en combustible disponible durante todo el año y los compromisos de volumen y precio aportan previsibilidad. La viabilidad industrial no aparece después de la ingeniería, se construye con ella.
Una configuración pensada para crecer
La integración de La Robla permite plantear un modelo industrial escalable, arraigado en Castilla y León, en el que la cogeneración con biomasa puede servir de base para incorporar nuevos procesos y ampliar la cadena de valor más allá de la propia instalación.
Este planteamiento muestra cómo una instalación de cogeneración con biomasa puede trascender su perímetro inmediato y convertirse en el punto de partida de una infraestructura industrial más amplia, capaz de conectar distintos procesos y emplazamientos. El potencial de la cogeneración con biomasa no termina, por tanto, en la producción de electricidad. Cuando se integra con procesos industriales capaces de aprovechar también el vapor y el CO2 biogénico, puede convertirse en el primer eslabón de nuevas cadenas de valor vinculadas a los combustibles renovables.
Castilla y León ofrece unas condiciones especialmente favorables para desarrollar este modelo. A la disponibilidad de recursos agrícolas se suman una sólida tradición industrial, infraestructuras capaces de conectar el territorio con los principales corredores logísticos y un tejido productivo con capacidad para participar en nuevas cadenas de valor energéticas. La Robla permite reunir esos elementos en un mismo proyecto y demostrar que la transición energética también puede impulsarse desde territorios históricamente ligados a la generación de energía y a la industria.
Todo ello es prueba de que, en 2026, el futuro energético europeo se está construyendo desde Castilla y León. Esa es la visión de Reolum: convertir la paja de sus campos en el punto de partida para producir e-Metanol, un combustible sintético destinado a contribuir a la descarbonización del transporte marítimo, aéreo y terrestre. Primero, desde La Robla, el ferrocarril llevará este combustible líquido hasta el Puerto de Gijón y las rutas internacionales. Así, un resto agrícola de una antigua región minera española se convierte en industria y conecta el territorio y sus gentes con un futuro energético seguro y limpio.
Artículo escrito por:
Reolum