Flexibilidad de la demanda: la infraestructura invisible que hará posible la transición energética

Flexibilidad de la demanda

La transición energética está transformando profundamente el sistema eléctrico. La integración masiva de energías renovables, la electrificación de la movilidad y de los procesos industriales, el crecimiento de los centros de datos y el despliegue de almacenamiento están modificando tanto la forma de generar electricidad como la manera de consumirla.

Sin embargo, esta transformación plantea una pregunta clave: ¿puede la red crecer al ritmo que exige la transición energética?

Aunque es necesario invertir en infraestructuras eléctricas, cada vez existe un mayor consenso en que las redes, por sí solas, no podrán absorber toda la demanda prevista en los plazos requeridos. En numerosas zonas ya aparecen limitaciones de capacidad que dificultan la conexión de nuevos consumos, instalaciones renovables o proyectos industriales.

Ante este escenario, surge un recurso capaz de complementar las inversiones tradicionales y acelerar la transición energética: la flexibilidad de la demanda.

 

El reto ya no es generar más electricidad, sino gestionarla mejor

Durante décadas, el sistema eléctrico se basó en un modelo sencillo: la generación se adaptaba continuamente a las necesidades de consumo.

La creciente penetración de energías renovables está cambiando esta lógica. Tecnologías como la solar fotovoltaica o la eólica aportan energía limpia y competitiva, pero introducen volatilidad. Paralelamente, la electrificación está incrementando la demanda en sectores que tradicionalmente dependían de combustibles fósiles.

El resultado es un sistema que necesita nuevas herramientas para mantener el equilibrio entre oferta y demanda sin depender exclusivamente de nuevas inversiones en red.

Es aquí donde la flexibilidad adquiere un papel estratégico.

 

¿Qué es la flexibilidad de la demanda?

La flexibilidad de la demanda es la capacidad de adaptar el consumo eléctrico en respuesta a señales económicas o a las necesidades del sistema energético.

En la práctica, supone desplazar consumos, ajustar potencias o modificar temporalmente determinados procesos. Algunos ejemplos son:

  • Edificios que reducen momentáneamente la potencia de climatización sin afectar al confort.

  • Industrias que trasladan procesos no críticos a horas con menor coste energético.

  • Sistemas de almacenamiento que absorben excedentes renovables y liberan energía cuando resulta necesario.

  • Flotas de vehículos eléctricos que optimizan automáticamente sus recargas.

Pero esto no es nuevo. Desde hace años muchas empresas adaptan sus consumos para aprovechar los periodos con menor precio de la energía. Es lo que se conoce como flexibilidad implícita.

La novedad es la aparición de la denominada flexibilidad explícita, donde los consumidores reciben una compensación económica por poner a disposición del sistema una determinada capacidad flexible. En este modelo, una instalación puede generar ingresos adicionales por estar disponible para aumentar o reducir su consumo cuando sea requerida.

Durante los próximos años convivirán ambos enfoques: la optimización energética tradicional y la participación en mercados que retribuyen la flexibilidad.

 

Un mecanismo para complementar la red

Tradicionalmente, cualquier incremento de la demanda se resolvía reforzando las infraestructuras eléctricas. Sin embargo, construir nuevas líneas, subestaciones o centros de transformación requiere inversiones elevadas y largos plazos de ejecución.

Según la Agencia Internacional de la Energía, el consumo mundial de electricidad podría aumentar entre un 20% y un 25% de aquí a 2030, lo que exigiría incrementar significativamente las inversiones en redes eléctricas.

Ante este desafío, operadores y reguladores están empezando a considerar la flexibilidad como una alternativa complementaria a determinadas inversiones.

La idea es sencilla: si determinados consumidores pueden modificar temporalmente su demanda en momentos críticos, es posible aprovechar mejor la infraestructura existente y retrasar o evitar algunos refuerzos de red.

 

La flexibilidad ya es una realidad en España

Aunque a menudo se presenta como una herramienta del futuro, los mecanismos que permiten monetizar la flexibilidad ya están plenamente operativos.

Un ejemplo es el Servicio de Respuesta Activa de la Demanda (SRAD). En la subasta correspondiente al segundo semestre de 2026 se adjudicaron 1.775 MW de capacidad flexible, frente a los 1.148 MW contratados para todo 2025.

Además, las convocatorias del primer y segundo semestre de 2026 alcanzaron niveles similares, con 1.725 MW y 1.775 MW respectivamente, lo que apunta a una consolidación progresiva del mercado.

Algo que resulta relevante es que no se ha cubierto toda la necesidad identificada por el operador. Porque seamos sinceros, ¿saben todos los consumidores la existencia de este mercado?, ¿son conscientes de los compromisos que adquieren?, ¿conocen los beneficios económicos? y, ¿cuáles son los requisitos técnicos para participar? Muchas preguntas que necesitan de asesoramiento profesional para su resolución.

A esta evolución se suma la creación del mercado de capacidad en España mediante la Orden TED/966/2026. Este mecanismo busca garantizar la seguridad de suministro en un sistema con una elevada presencia renovable y reconoce expresamente el valor de recursos capaces de aportar firmeza y flexibilidad.

La participación no se limita a instalaciones de generación o almacenamiento. Consumidores y agregadores de demanda también pueden formar parte del mecanismo, reflejando un cambio de paradigma: la flexibilidad ya no es una herramienta complementaria, sino un activo con valor económico reconocido.

 

La agregación: el gran impulsor del crecimiento

Durante años, la participación en los mecanismos de flexibilidad estuvo reservada principalmente a grandes consumidores industriales.

Sin embargo, la evolución tecnológica y regulatoria está impulsando un modelo mucho más distribuido. La flexibilidad del futuro no dependerá exclusivamente de grandes instalaciones, sino de la coordinación de miles de recursos energéticos repartidos por toda la red.

Instalaciones industriales, edificios terciarios, baterías, sistemas fotovoltaicos o infraestructuras de recarga de vehículo eléctrico pueden aportar capacidad flexible modificando sus patrones de consumo, generación o almacenamiento. 

En este contexto, la agregación se convierte en un elemento esencial. Gracias a ella, múltiples recursos pueden agruparse y actuar de forma coordinada hasta alcanzar la dimensión necesaria para participar en los mercados.

Un avance especialmente relevante ha sido la aprobación de la figura del agregador independiente mediante el Real Decreto 88/2026. Este nuevo agente puede reunir recursos flexibles de distintos consumidores, gestionarlos de forma centralizada y representarlos en los diferentes mercados eléctricos sin necesidad de actuar como comercializador.

Esto facilita la entrada de nuevos operadores especializados y abre la puerta a que activos de menor tamaño participen en mercados como el SRAD o el mercado de capacidad.

 

La digitalización y el EDGE, condiciones indispensables

Si se quiere participar en los mercados de flexibilidad, ya no valen meras estimaciones, es necesario disponer de información energética fiable. El acceso al mercado supone un compromiso de capacidad flexible disponible en ciertos periodos horarios, por lo que hacer estimaciones es la vía más rápida para cometer errores y no poder cumplir con el objetivo. 

Primer paso: disponer de monitorización energética fiable.

Una vez accedes al mercado, la información debe fluir entre los recursos energéticos distribuidos y el operador del sistema en tiempo real. La estabilidad del sistema eléctrico depende de ello. Esa información en tiempo real permitirá justificar la potencia flexible comprometida.

Segundo paso: envío de información energética fiable y en tiempo real al operador del sistema.

Para que el sistema funcione, los recursos distribuidos no solamente deben enviar la información al operador del sistema, también deben estar alerta ante las señales que éste les pueda enviar.

En el caso de la flexibilidad de la demanda, es necesario reducir la potencia flexible comprometida. En el caso de recursos energéticos distribuidos de generación, proporcionar a la red la capacidad comprometida. Ahora que las potencias flexibles son elevadas, una reacción manual puede ser aceptable. A medida que esas potencias se vayan reduciendo, una reacción automática será indispensable.

Tercer paso: reaccionar rápidamente de forma manual o automática ante las señales enviadas por el operador de sistema.

Por todo ello se convierte en requisito imprescindible disponer, antes de participar en el mercado, de un sistema de monitorización energética que ayude a identificar los activos flexibles. Y una vez dentro del mercado, instalar dispositivos EDGE que proporcionen información eléctrica confiable y en tiempo real a los centros de control habilitados, además de ser capaces de reaccionar automáticamente ante las señales del sistema.

 

Una oportunidad estratégica para empresas e industrias

España reúne condiciones especialmente favorables para convertirse en uno de los mercados europeos más dinámicos en materia de flexibilidad. La combinación de generación renovable, autoconsumo, almacenamiento, electrificación y digitalización crea un entorno propicio para su desarrollo.

Ya no hay duda de si la flexibilidad tendrá mercado en España. Los mecanismos regulatorios, la figura del agregador independiente y los mercados ya operativos demuestran que ese mercado está emergiendo con rapidez.

Ahora es el momento de que las organizaciones comiencen a identificar sus recursos flexibles, digitalizar sus instalaciones y comprender mejor sus patrones de consumo para estar preparados para este mercado.

Artículo escrito por:
Olatz Molinos especialista de producto en Carlo Gavazzi