La formación como apoyo clave en la transición energética

La sociedad está inmersa en un proceso de transformación sistémica, en el que se pretende evolucionar hacia un modelo sostenible, que hace necesario implementar nuevas soluciones tecnológicas. Esa evolución afecta a todos los sectores productivos, y con intensidad, al energético, que debe implementar una hoja de ruta que posibilite cubrir la demanda energética a nivel global con una reducción drástica de los impactos que produce, fundamentalmente las emisiones de gases de efecto invernadero

La sociedad está inmersa en un proceso de transformación sistémica, en el que se pretende evolucionar hacia un modelo sostenible, que hace necesario implementar nuevas soluciones tecnológicas. Esa evolución afecta a todos los sectores productivos, y con intensidad, al energético, que debe implementar una hoja de ruta que posibilite cubrir la demanda energética a nivel global con una reducción drástica de los impactos que produce, fundamentalmente las emisiones de gases de efecto invernadero, pero también otros tales como el de la explotación de recursos naturales. 

La dinámica de transformación del sistema energético en el que estamos inmersos está propiciando una revisión constante de los planes nacionales, europeos y globales en torno a la energía. Casi cada día nos despertamos con un nuevo plan cada vez más ambicioso que el anterior en cuanto a objetivos como potencia de instalación de potencia renovable, capacidad de sistemas de almacenamiento, aplicación de tecnologías como la del hidrógeno, o composición tecnológica del parque móvil entre otras. Esos planes de desarrollo, como cualquier plan, tiene fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas, que van a determinar el éxito en la consecución de los objetivos buscados.

Independientemente de incertidumbres económicas, geopolíticas, o tecnológicas, lo que hay es un requisito que es indispensable: esos planes lo van a desarrollar personas, que van a tener que diseñar las instalaciones, la regulación relacionada en cada caso, apretar la tuerca para montarlas, comercializar los productos que se implanten y aplicarla en todos los sectores de la sociedad. Esas personas tienen que tener las competencias suficientes como para desarrollar todo ese sistema de forma correcta. Y tienen que ser suficientes, porque si se fracasa en la tarea de formación de las personas que implementen la transición energética, el efecto puede ser devastador: fracaso de proyectos, costes económicos inasumibles por la sociedad, problemas de confianza y de aceptación pública entre otros. Y hay que ser consciente de que lo que muchos llaman la emergencia climática puede que no permita segundas oportunidades para evitar efectos dramáticos.

Los efectos de la escasez de profesionales formados ya se están notando, con una rotación de personal inusitada en el sector energético comparado con otros sectores, teniendo las empresas que competir por captar talento de forma encarnizada para poder cumplir sus objetivos. Como ejemplo, sólo para el desarrollo de tecnologías relacionadas con el hidrógeno se estima que harían falta del orden de 170.000 empleados cualificados en los próximos años. El desarrollo de todos los proyectos previstos de instalación de potencia renovable requiere también miles de personas cualificadas para ello, en todos los ámbitos de la cadena de valor de esas tecnologías, incluyendo su uso.

 

Los retos en formación del sector energético
El sector energético, como ya se ha expresado, se encuentra en una transformación profunda. Ese entorno dinámico exige una continua adaptación de los planes de formación para evitar que se vuelvan obsoletos. Desde el punto de vista de la formación universitaria, se han de revisar de forma continua las competencias y los resultados de aprendizaje esperables para adaptarse a ese entorno cambiante. Nuevos conceptos como la circularidad, el funcionamiento fuera de diseño de equipos, conceptos de eficiencia, ‘blockchain’, inteligencia artificial o el almacenamiento de energía entre muchos otros se trataban de forma colateral o nula en el pasado (muchos son nuevos), y ahora pasan a ser centrales para poder generar impactos positivos de la tecnología. Al mismo tiempo, al menos desde mi punto de vista, se ha de proporcionar conocimiento desde la neutralidad tecnológica, puesto que el sistema energético es un sistema complejo, tanto como a la sociedad a la que da servicio, y las cuestiones de sostenibilidad ambiental, económica y social, son también complejas. Es previsible que ese camino transformador implique la combinación de prácticamente todas las tecnologías disponibles, sobre todo en corto-medio plazo (una o dos generaciones). Esa capacidad de afrontar proyectos energéticos es necesariamente multidisciplinar, como casi siempre lo ha sido, pero con unos requisitos de capacidad de formación de ingenieros, economistas, abogados, etc. más intensa que en épocas anteriores, puesto que las propias tecnologías energéticas actuales son, en muchos casos, más intensivas en necesidad de personas. El cambio tecnológico tan rápido como sea razonable exige, por tanto, un contingente de personal cualificado en el sector nunca visto. Un bólido de Formula 1 tiene la ambición de alcanzar velocidades de más de 300 km/h, pero sin un piloto bien formado y capaz, el accidente está asegurado.

Pero no todo es la formación universitaria. En el vehículo de Formula 1 se montan piezas que no pasan por las manos del piloto. Conozco pocos ingenieros que se encarguen de montar sus propios diseños en la aplicación comercial. Es necesario un ejército de personas que sean capaces de montar las estructuras de sistemas de seguimiento de paneles solares, o empaqueten las celdas de una pila de combustible, o aprieten los tornillos en las góndolas de los aerogeneradores. Hace falta un esfuerzo muy importante en la formación profesional, tanto para la formación de nuevos profesionales jóvenes, como para la reeducación o la reconversión de profesionales con experiencia en las tecnologías fósiles actuales, hacia las nuevas tecnologías descarbonizadas. Un técnico de calderas de gas (que se ha anunciado que en algún país incluso se van a dejar de instalar) con poco esfuerzo se debería capacitar para mantenimiento de equipos de hidrógeno. Es una de las claves para poder hacer realidad el deseo de “no dejar nadie atrás”. La formación profesional se está enfrentando también a sus problemas en cuanto a contar con profesores cualificados para algunos campos energéticos, puesto que la misma necesidad de las empresas acapara el talento de personas capacitadas, que no se pueden dedicar a transmitir ese conocimiento en las escuelas de formación profesional.

No hay que olvidar tampoco la educación general, en la que se tiene la Secundaria obligatoria. Muchas cuestiones relacionadas con sistemas energéticos suelen ser de debate general, y la forma de que la población tenga un criterio es a través del conocimiento, aunque sea general. Por eso, el cambio en el sector energético tiene que propiciar la revisión de planes de estudio para plasmar esos cambios. El caso más actual puede ser el de las tecnologías del hidrógeno, en el que el conocimiento general es reducido, lo que puede afectar la aceptación pública y social. En muchas ocasiones, el concepto anglosajón de NIMBY (Not In My Back Yard/No en mi patio trasero) viene propiciado por ese desconocimiento, que lleva a aceptar una cosa, pero que lo hagan en otro lado, por ejemplo, todo el mundo parece aceptar el uso futuro del hidrógeno, pero el almacenamiento que no me lo pongan cerca.

 

La demanda de formación en el ámbito universitario
La formación universitaria en el campo energético se ha de adaptar a las necesidades de las empresas y a la evolución del sector según nuestra experiencia en el Máster de la Energía (MUIE) que gestionamos, que puede considerarse una buena referencia al cubrir muchas áreas en el campo, y que se presenta en la figura. La demanda es tremenda en relación al desarrollo de energías renovables, siendo de largo la especialidad que más solicitudes recibe. Otra especialidad que se llena es la de gestión y mercados energéticos. Todo esto está en plena consonancia con la demanda de profesionales en las empresas. En los últimos años hemos detectado una cierta recuperación de la demanda en la especialidad nuclear, y en el máster específico en tecnología nuclear, que ha de confirmarse, probablemente por la vuelta al debate sobre la contribución de este tipo de energía. Aparte de la adaptación como tal de los planes generales de estudios superiores de ingeniería, que deben ser acreditados oficialmente, otra herramienta que tenemos es la de títulos propios especializados en alguna materia. Es el caso actual del Máster en Tecnologías en Hidrógeno y Pilas de Combustible de la UPM, que se ha diseñado para cubrir esa demanda del sector.

En definitiva, hay que adaptar la oferta académica a las necesidades del sector, para poder capacitar las personas necesarias para implementar la transición energética, pues puede ser el auténtico cuello de botella de la descarbonización. 

 

Artículo escrito por:
Alberto Abánades director del Departamento de Ingeniería Energética de la ETSII-UPM