Madrid avanza en electrificación, pero las cifras evidencian un reto estructural: la infraestructura no crece al mismo ritmo que la demanda. En este contexto, la intermodalidad se convierte en una solución imprescindible para optimizar recursos, reducir emisiones y construir un modelo de movilidad urbana más eficiente, resiliente y sostenible.
La movilidad sostenible en España atraviesa una fase de aceleración, pero también de tensión. Las cifras más recientes del sector reflejan un progreso significativo en la electrificación, aunque acompañado de limitaciones estructurales que condicionan su despliegue real. En este contexto, ciudades como Madrid representan tanto el desafío como la oportunidad: avanzar hacia un modelo de movilidad más limpio exige ir más allá del vehículo eléctrico y apostar decididamente por la intermodalidad.
España ha superado ya los 55.000 puntos de recarga públicos, tras incorporar más de 2.000 nuevos en el primer trimestre de 2026. A primera vista, se trata de una evolución positiva, coherente con el crecimiento del parque de vehículos electrificados, que ya suma cientos de miles de unidades en circulación. Sin embargo, una lectura más detallada revela una realidad más compleja: cerca de 17.000 puntos instalados no están operativos, es decir, uno de cada cuatro cargadores disponibles no puede utilizarse.
Este dato es particularmente relevante porque ilustra uno de los principales cuellos de botella de la transición energética en movilidad: la brecha entre despliegue teórico y disponibilidad real. A ello se suma una distribución geográfica desigual, Madrid, Cataluña y Andalucía concentran cerca de la mitad de la red nacional, y una infraestructura que todavía no responde plenamente a las necesidades de uso intensivo en entornos urbanos.
En paralelo, el crecimiento de la movilidad eléctrica continúa. En 2025, los vehículos eléctricos y electrificados alcanzaron cerca de 850.000 unidades en circulación en España, con un aumento cercano al 95%. Este dinamismo confirma que la transición está en marcha, pero también incrementa la presión sobre un sistema que aún no está completamente preparado para absorberla.
Es precisamente en este punto donde la intermodalidad cobra una relevancia estratégica. Porque la electrificación, por sí sola, no resolverá los retos de congestión, eficiencia ni uso del espacio urbano. De hecho, sustituir un parque de vehículos térmicos por uno eléctrico sin modificar los hábitos de movilidad implicaría mantener, o incluso agravar, problemas estructurales como la saturación del tráfico o la ocupación del espacio público.
La intermodalidad propone un cambio de paradigma: no se trata de sustituir un vehículo por otro, sino de redefinir la lógica del desplazamiento. En lugar de depender de un único modo de transporte, el usuario combina diferentes soluciones en función de sus necesidades. Este enfoque permite optimizar cada tramo del trayecto, reduciendo el uso innecesario del coche y, en consecuencia, la demanda de infraestructuras críticas como la recarga.
En una ciudad como Madrid, este modelo tiene un potencial particularmente alto. La capital dispone de una de las redes de transporte público más desarrolladas de Europa, con metro, autobuses y cercanías capaces de absorber grandes volúmenes de desplazamientos. Sin embargo, el verdadero reto se sitúa en la conexión entre estos sistemas y los trayectos de primera y última milla.
Aquí es donde entran en juego soluciones complementarias como el carsharing, la micromovilidad o incluso los servicios bajo demanda. Estas opciones permiten cubrir trayectos específicos sin necesidad de recurrir al vehículo privado en su totalidad, reduciendo tanto las emisiones como la presión sobre la infraestructura urbana.
Además, la intermodalidad introduce un elemento clave en el debate sobre sostenibilidad: la eficiencia sistémica. En lugar de dimensionar la ciudad en función de un uso intensivo del coche, aunque sea eléctrico, se optimizan los recursos existentes. Esto no solo reduce la huella de carbono, sino que también mejora la resiliencia del sistema ante picos de demanda o limitaciones de infraestructura.
Las cifras lo confirman indirectamente. El hecho de que España haya alcanzado solo un 25,4 sobre 100 en su indicador global de electromovilidad muestra que el desarrollo del ecosistema aún está lejos de su madurez. La electrificación avanza, pero lo hace de forma desigual y con limitaciones operativas que pueden ralentizar su impacto real si no se acompaña de un cambio estructural en los patrones de movilidad.
Otro aspecto crítico es la gestión del espacio urbano. Madrid, como muchas grandes ciudades, enfrenta una creciente competencia por el uso del espacio público. La reducción del número de vehículos en circulación, más allá de su tipo de motorización, es clave para liberar espacio y mejorar la calidad de vida urbana. En este sentido, los modelos intermodales, apoyados en soluciones compartidas, permiten reducir el número total de vehículos necesarios para satisfacer la demanda.
Desde la perspectiva energética, la intermodalidad también contribuye a una mejor gestión de la red eléctrica. La electrificación masiva del transporte implica una demanda creciente de energía, que debe integrarse en un sistema donde las energías renovables ya representan más del 50% del consumo. Optimizar el uso de los vehículos y reducir su dependencia puede aliviar la presión sobre la infraestructura eléctrica, especialmente en momentos de alta demanda.
No obstante, para que este modelo funcione, es imprescindible avanzar en varios frentes. La integración digital es uno de ellos. Las plataformas de movilidad como servicio (MaaS) permiten planificar, reservar y pagar distintos modos de transporte desde una única aplicación, facilitando la experiencia del usuario y eliminando fricciones. Sin esta capa digital, la intermodalidad corre el riesgo de quedarse en un concepto teórico.
La coordinación entre actores públicos y privados es otro elemento clave. La movilidad sostenible no puede construirse de manera fragmentada. Requiere una visión compartida, donde operadores de transporte, proveedores de servicios de movilidad y administraciones trabajen de forma conjunta para garantizar la coherencia del sistema.
Asimismo, es necesario avanzar en la interoperabilidad y en la simplificación del acceso a los servicios. La existencia de múltiples plataformas, tarifas y condiciones puede dificultar la adopción por parte de los usuarios. La experiencia debe ser sencilla, intuitiva y transparente para fomentar un cambio real en los hábitos de movilidad.
En última instancia, la intermodalidad no es solo una solución técnica, sino una transformación cultural. Implica pasar de un modelo basado en la propiedad del vehículo a uno centrado en el acceso a la movilidad. Este cambio, que ya se está produciendo en las grandes ciudades, requiere tiempo, pero también una propuesta de valor clara para el usuario.
Madrid tiene todos los elementos para liderar esta transición: una infraestructura de transporte sólida, una oferta creciente de soluciones de movilidad y un marco regulatorio que impulsa la sostenibilidad. Sin embargo, las cifras muestran que la electrificación, por sí sola, no será suficiente.
La verdadera oportunidad reside en integrar, conectar y optimizar. En construir un sistema donde cada modo de transporte aporte valor en el momento adecuado. En definitiva, en entender que la movilidad sostenible no depende únicamente de cómo nos movemos, sino de cómo combinamos nuestras opciones para hacerlo de forma más inteligente.
Artículo escrito por:
Miguel Barquilla
Country Manager para España y Portugal
Free2move