La gestión de los residuos orgánicos se ha convertido en uno de los grandes retos ambientales, económicos y territoriales de nuestro tiempo. En un contexto de descarbonización, presión regulatoria y necesidad de reducir la dependencia de recursos externos, la forma en que se gestionan estos flujos es clave para avanzar hacia una economía verdaderamente circular.
España, por su elevada actividad agroganadera y agroindustrial, tiene una oportunidad clara para transformar estos residuos en una palanca de sostenibilidad. El reto no es solo mejorar su tratamiento, sino cambiar la forma en que se entienden dentro del sistema productivo: dejar de verlos como un problema y empezar a considerarlos recursos útiles para la agricultura, la industria y el territorio.
Durante años, estos residuos se han eliminado o tratado como un final de proceso, con poco aprovechamiento. Este enfoque ya no encaja con los objetivos europeos de sostenibilidad y reducción de emisiones. La digestión anaerobia permite transformarlos en recursos útiles que pueden reintegrarse en el sistema productivo.
En este proceso, el biogás ocupa un papel central. No solo genera energía renovable (biometano), sino que también permite gestionar grandes volúmenes de materia orgánica y reducir emisiones de metano asociadas a su descomposición. Más allá de la energía, su valor está en organizar un sistema de gestión más eficiente, descentralizado y coherente con la economía circular.
El ciclo no se completa sin el digerido, un producto con propiedades fertilizantes a menudo infravalorado. Rico en nutrientes como nitrógeno, fósforo y potasio, permite devolver la materia orgánica al suelo agrícola. Su aplicación mejora la fertilidad, la estructura del suelo y su capacidad de retención de agua. También ayuda a incrementar la materia orgánica, favorece la biodiversidad del suelo y contribuye a la captura de carbono.
Sin la integración del digerido en el sistema agrícola, la circularidad del modelo queda incompleta. Sin embargo, su desarrollo en España y en Europa sigue condicionado por barreras regulatorias, técnicas y de mercado. La falta de un marco normativo claro que defina el estatus del digerido y regule su producción, comercialización y aplicación agronómica limita su uso y su incorporación a la agricultura. En este sentido, resulta imprescindible el desarrollo de una legislación específica que reconozca su valor como fertilizante orgánico y establezca criterios técnicos y de calidad que garanticen su utilización segura y eficiente.
Según la Asociación Europea de Biogás (EBA por sus siglas en inglés), el potencial del digerido en Europa es significativo. Su valor ambiental y nutricional supera los 1.000 millones de euros anuales y puede sustituir parte de los fertilizantes minerales.
Este potencial adquiere relevancia ante la creciente preocupación por la seguridad del suministro de fertilizantes. En este contexto, el digerido se perfila como una alternativa para reducir la dependencia de los mercados internacionales y reforzar la estabilidad del sector agrario.
España cuenta con un elevado potencial para la valorización de residuos orgánicos gracias a su estructura agroganadera e industria agroalimentaria. No obstante, su aprovechamiento requiere una gestión integral que abarque desde la generación del residuo hasta su retorno al suelo.
El reto no es solo tecnológico, sino también territorial y organizativo, ya que requiere integrar producción, tratamiento y valorización agronómica en un mismo ciclo. Para ello, son esenciales tanto el sector primario como la aceptación social de las infraestructuras.
La gestión de los residuos orgánicos debe entenderse como una decisión estratégica de país. Implica integrar políticas agrarias, energéticas y ambientales en una visión común de sostenibilidad. El biogás no debe considerarse una tecnología marginal, sino una herramienta para transformar el modelo productivo. La economía circular solo se completa cuando la materia orgánica regresa al suelo en forma de nutrientes útiles; sin esta fase, el sistema permanece incompleto. España y Europa tienen la oportunidad de convertir residuos en recursos, reforzar su soberanía alimentaria y avanzar hacia modelos más resilientes, donde biogás y digerido forman parte de un sistema circular integrado.
Artículo escrito por:
Luis Navedo
Presidente
Asociación Española de Biogás (AEBIG)