Cada segundo la población mundial crece en 2,5 personas. Y en los 10 minutos que tardarán en leer este texto crecerá en 1.500 individuos. La velocidad de crecimiento ha bajado en porcentaje, pero no en número. El crecimiento sigue siendo vertiginoso y en 2050 sumaremos 10.000 millones de seres humanos. Pero los recursos de nuestro planeta no crecen al mismo ritmo. Al contrario, decrecen. Se agotan minerales y metales estratégicos. Y las fuentes de agua dulce no contaminada. Y la tierra fértil no desertizada. Y las selvas y humedales.
Ya estamos viviendo una imparable inflación en los alimentos. Más gente, menos tierra y más dañada, más pérdidas por el clima, más plagas (por el clima y por la gente). Es un círculo vicioso diabólico, que no puede arreglar ni la inteligencia artificial (IA), ni la natural. Al contrario, la IA le dice a los gobernantes que deben invadir nuevas tierras y a las empresas que deben comprar terrenos para deforestarlos o exprimirlos. También dice que, mucho antes de que acabe el siglo, se producirá el colapso, pues no habrá más bosques que quemar o talar, ni tierra que invadir o comprar. La IA les dice a los magnates que inviertan en naves espaciales.
El autor de estas líneas no es un pastor evangélico que pide su arrepentimiento. Pide solo su reflexión. Más del 50% del pescado que ya hoy consumimos, no es el que se ha criado libre en mares y ríos, sino el producido en Acuicultura y alimentado con lo que produce la tierra. Todas las previsiones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) apuntan que, con la demanda mundial impulsada por Asia, en 30 años la pesca será testimonial. Más tierra, más fertilizantes, más agroquímicos, Más petróleo ¿Y cuando se acabe? Peor: falta de alimentos y de energía. ¡Más bosque! …Ya no habrá.
Se han establecido unos límites planetarios que no podemos superar para poder garantizar nuestra supervivencia. Es el cambio climático el que más preocupa a “algunos” gobernantes y ciudadanos. Pero no es el más crítico. La pérdida de biodiversidad es la más alarmante y absolutamente irreversible. El segundo serían los contaminantes. Le siguen el flujo de fertilizantes, el cambio de uso de la tierra y el cambio climático.
En todos ellos el suelo es el protagonista. Nos acabamos de dar cuenta que también lo es en el cambio climático. La atmósfera alberga ya 750 Gt de equivalente de carbono. El CO2 y el Metano (CH4) son el 90% del problema y recordemos que el carbono ni se crea ni se destruye. Solo cambia de sitio. Y en apenas cinco décadas hemos sacado de las profundidades 400 Gt de gas y petróleo acumulado en cientos de millones de años. En otras cuatro décadas saldrán (sin nadie que lo evite) las otras 400 Gt que aún quedan.
Se financian plantaciones forestales para frenar la pérdida masiva de vegetación (incendios, tala, nuevos cultivos). Hoy la vegetación suma 500 Gt de carbono. De niños nos enseñaron que las plantas captan CO2 y liberan O2. Y ahora de mayores, yo les pregunto ¿Y la C? ¿Dónde se ha quedado? O en la planta o en el suelo. En la planta es vulnerable. En el suelo garantiza que esa planta, u otra futura, crezcan vigorosamente y fijen más carbono. El ciclo vicioso ahora es virtuoso. Es nuestra esperanza.
Vista la enorme e imparable amenaza que nos asola y la clara salida (créanme que es la única) que aún disponemos. ¿A qué esperamos?
Sin biodiversidad nada ni nadie sobrevive. Cada especie cumple un papel y nos garantiza agua, oxígeno y alimentos. Medicinas, energía y materias primas.
Y lo más dramático es que si perdemos una especie, nunca más la podremos recuperar. Cada día perdemos 100 especies, principalmente microscópicas, pero también insectos, aves…algunas que ni siquiera hemos aún identificado, ni conocemos su servicio a la humanidad.
A la biodiversidad del suelo, la más escondida, la llamamos microbioma. Millones de microorganismos ayudan a otros seres mayores, como las lombrices, a cambiar la estructura del suelo, a que sea fértil, respire, retenga agua. Sin el microbioma no se puede fijar carbono. Y sin esa biodiversidad no crece la otra. El lince ibérico, que tanto nos ha costado recuperar, no sobreviviría sin un suelo vivo y biodiverso. Sus presas morirían y él también.
Ahora sabemos que, con microbioma en el suelo, fijamos en él carbono, pero ¿qué impide que crezca el microbioma? Lo mismo que en nuestros intestinos: los antibióticos. En el suelo lo llamamos biocidas. Son los herbicidas, fungicidas y plaguicidas que hemos usado durante años, pensando que matar a todo lo que estorbaba no tenía daños colaterales. En nuestro cuerpo los antibióticos se acumulan durante semanas, en la tierra los biocidas, durante años.
La Comisión Europea ha contratado nuestros servicios en SGS para analizar 40.000 muestras de todos los estados y tener una fotografía del carbono (presente), microbioma (evolución) y biocidas (futuro) del suelo europeo. Se trata del proyecto LUCAS. Los resultados, que serán publicados en 2026, tendrán un fortísimo impacto a nivel nacional y regional. Y crearán una nueva política climática y agraria. La estrategia europea de “proteger y enriquecer nuestro suelo” será probablemente seguida por EEUU y el resto de los países. Ya está siendo un objetivo en China. Surge una nueva geopolítica para la defensa del territorio y la seguridad alimentaria.
Las mediciones serán cada vez más finas y la información va a estar muy clara para la ciudadanía. Toda la presión política caerá sobre el sector agroalimentario. La huella de carbono de cada producto alimentario contendrá el carbono perdido o ganado al suelo. Agricultores y multinacionales de fertilizantes ya han detectado que el microbioma es la mejor estrategia para que el suelo produzca. El mercado de los llamados bioestimulantes no para de crecer.
Es muy importante que las empresas agroalimentarias españolas se anticipen a conocer, comprender y manejar estas analíticas del suelo donde se producen sus alimentos:
- Carbono
- Microbioma
- Biocidas
Solo lo que se mide se puede mejorar y solo con medidas y mejoras, el sector agroalimentario tendrá el protagonismo que merece.
Artículo escrito por:
Alfonso Raffin del Riego,
Experto Internacional en Alimentación y Cambio Climático
SGS Nature & Soil Biodiversity Development