El autoconsumo encadena ya tres años consecutivos de caída en potencia anual instalada. ¿Debemos interpretar esta tendencia como una desaceleración preocupante o como una fase natural de maduración del mercado?
Tiene parte de ambas cosas. Venimos de unos años excepcionales, impulsados por los altos precios de la energía, las ayudas y un mejor acceso al crédito. Era previsible una normalización. Ahora bien, encadenar tres años consecutivos de descenso no es solo madurez también es una señal de alerta. El mercado no se está frenando por falta de rentabilidad o de interés (el autoconsumo sigue siendo competitivo), sino por barreras que seguimos sin resolver.
El autoconsumo sigue siendo rentable y útil para hogares y empresas, por lo que la cuestión no es tecnológica, sino regulatoria, administrativa y de percepción. La madurez del sector es positiva si implica más calidad de instalaciones y más profesionalización, pero no podemos conformarnos con crecer por debajo de lo necesario para alcanzar los objetivos de 2030.
Por eso, el foco ahora debe estar en reactivar el crecimiento eliminando barreras y aportando estabilidad. El potencial sigue intacto. La pregunta no es si va a crecer, sino a qué ritmo queremos que lo haga.
El informe de APPA muestra un cambio muy claro en el mercado: menos instalaciones, pero proyectos más grandes, profesionalizados y con mayor integración de almacenamiento. ¿Está cambiando estructuralmente el modelo de autoconsumo en España?
Sí, claramente. El autoconsumo está evolucionando desde una simple instalación fotovoltaica hacia una solución energética integral.
Hoy el cliente (especialmente el industrial) no busca simplemente generar energía. Busca tres cosas: reducir costes, ganar competitividad y tener mayor certidumbre en un entorno de alta volatilidad.
Por eso vemos proyectos más grandes, más sofisticados y con mayor nivel de integración (almacenamiento para gestionar la curva de consumo, digitalización y monitorización en tiempo real, optimización de la demanda e integración con movilidad eléctrica).
El mercado instala menos, pero instala mejor. Y eso sí es una señal de madurez.
La clave ahora es evitar que esta mejora cualitativa venga acompañada de una desaceleración estructural. España necesita ambas cosas: proyectos de mayor valor añadido… y volumen suficiente para capturar todo el potencial del autoconsumo.
Porque en el fondo, no hablamos solo de energía. Hablamos de competitividad país.
Uno de los mensajes más relevantes del informe es que el almacenamiento ha dejado de ser “accesorio” para convertirse en una pieza central. ¿Estamos entrando definitivamente en la era del autoconsumo con baterías?
Estamos entrando claramente en esa etapa.
La batería ya ha dejado de ser un “extra” para convertirse en un elemento que multiplica el autoconsumo. Permite optimizar el uso de la energía generada, reducir excedentes, desplazar consumos y aportar resiliencia frente a la volatilidad y eventos externos.
No todas las instalaciones la necesitan todavía (por costes y patrones de consumo), pero la tendencia es clara.
A medida que aumente la electrificación de hogares y empresas, el almacenamiento será cada vez más habitual. El futuro del autoconsumo pasa por generar, almacenar y gestionar la energía de forma inteligente.
Tras el cero energético de abril de 2025, ¿ha cambiado la percepción del autoconsumo y del almacenamiento como herramientas de resiliencia energética, especialmente en industria y sector residencial?
Sí, sin duda ha cambiado, especialmente en el ámbito empresarial.
El “cero energético” de abril de 2025 ha actuado como catalizador: muchas compañías han dejado de ver el autoconsumo únicamente como una palanca de ahorro para empezar a valorarlo como una herramienta de resiliencia operativa. Hoy, el foco ya no es solo reducir costes, sino garantizar continuidad en procesos críticos y mejorar la capacidad de responder mejor ante incidencias.
El autoconsumo con almacenamiento no sustituye a la red, pero sí puede aportar continuidad a determinados procesos críticos y mejorar la capacidad de gestión energética.
En el ámbito residencial también ha aumentado el interés por las baterías, aunque principalmente por su capacidad para aprovechar más energía solar durante las horas en las que realmente se consume. El apagón amplió el debate: ya no hablamos sólo de eficiencia. Hablamos de resiliencia, control y seguridad energética.
APPA estima que en 2025 se desaprovecharon más de 2.180 GWh de energía de autoconsumo por restricciones de red y limitaciones operativas. ¿Estamos infrautilizando una parte relevante de la generación distribuida ya instalada?
Sin duda estamos infrautilizando una parte muy relevante de la generación distribuida ya instalada.
Hablamos de más de 2.180 GWh de energía limpia que no se han aprovechado: no es un problema técnico menor, es un problema de eficiencia económica y de competitividad país. Es energía ya producida (y pagada) que no se traduce ni en ahorro, ni en reducción de emisiones, ni en valor para el sistema.
Estamos hablando de energía limpia ya generada que no llega a aprovecharse plenamente. Es una situación preocupante porque supone perder ahorro económico, competitividad y reducción de emisiones. Las causas son diversas: limitaciones de red, falta de digitalización, dificultades para gestionar excedentes o procedimientos administrativos complejos.
El problema no es del autoconsumo, sino del sistema que lo rodea.
La solución no es ralentizar el desarrollo del autoconsumo, sino adaptar la red y la regulación para aprovechar mejor la energía que ya producimos. No podemos permitirnos desperdiciar energía en un sistema que, precisamente, necesita más eficiencia, más electrificación y más competitividad.
El sector insiste cada vez más en conceptos como flexibilidad, agregación o mercados locales. ¿Qué papel debería jugar el autoconsumo en la operación del sistema eléctrico y en los futuros servicios de ajuste?
El autoconsumo está llamado a dejar de ser un actor pasivo para convertirse en un activo clave en la operación del sistema eléctrico.
Hasta ahora, su papel ha sido principalmente reducir la demanda. Pero ese enfoque es claramente insuficiente en un sistema cada vez más renovable, donde lo crítico ya no es solo generar, sino gestionar la variabilidad.
Miles de instalaciones distribuidas, gestionadas de forma agregada, pueden aportar flexibilidad, desplazar consumos, reducir picos de demanda o participar en servicios de ajuste.
La clave está en la agregación. Individualmente, cada instalación es pequeña; pero coordinadas, se convierten en una “central virtual” con capacidad real de impacto en el sistema.
Y en ese modelo, el autoconsumo no es solo una solución individual.
Es una pieza estructural para la estabilidad, eficiencia y competitividad del sistema.
En el informe se menciona la falta de observabilidad de las instalaciones distribuidas y la ausencia de un registro oficial actualizado. ¿Hasta qué punto esta carencia está dificultando la integración del autoconsumo en el sistema eléctrico?
Es una barrera mucho más relevante de lo que parece, y está empezando a convertirse en un cuello de botella estructural.
Es indudable que la falta de información dificulta la integración. Para gestionar adecuadamente un sistema eléctrico moderno es imprescindible disponer de información fiable y actualizada. Sin datos precisos sobre potencia instalada, ubicación o comportamiento de las instalaciones, resulta más complicado planificar redes, detectar necesidades de inversión o diseñar mecanismos de flexibilidad.
El autoconsumo ha alcanzado una dimensión que exige herramientas de seguimiento acordes a su importancia. Sin observabilidad, no hay gestionabilidad.
Una mejor observabilidad facilitaría tanto la integración como la planificación del sistema. No es solo una cuestión técnica, es estratégica. Mejorar la observabilidad no solo facilita la integración: reduce costes del sistema, evita inversiones ineficientes, habilita nuevos mercados (flexibilidad, agregación…) y acelera la transición energética.
El segmento industrial sigue concentrando cerca del 70% de la nueva potencia instalada, pero también parece el más afectado por la saturación de red y la canibalización solar. ¿Cuál es hoy la principal preocupación del autoconsumo industrial?
La principal preocupación de hoy es clara: no perder valor de la energía generada.
Las empresas siguen apostando por el autoconsumo por su rentabilidad, pero les preocupa que una parte de la energía generada no pueda utilizarse o valorizarse adecuadamente.
La saturación de determinados puntos de red y la coincidencia de generación en las horas centrales del día reducen el valor económico de parte de la producción.
La combinación de saturación en redes y canibalización solar en horas centrales está reduciendo el retorno esperado.
Por eso el almacenamiento, la gestión de la demanda y una mejor integración en red se han convertido en prioridades para el sector industrial.
España se ha fijado un objetivo de 19 GW de autoconsumo para 2030, pero APPA advierte de que al ritmo actual ni siquiera se alcanzarían los 16 GW. ¿Qué decisiones regulatorias son imprescindibles para corregir esta desviación?
El objetivo sigue siendo alcanzable, pero exige un giro claro en la regulación.
Hoy el principal freno no es tecnológico ni económico, sino administrativo y de entorno. Necesitamos simplificar procedimientos administrativos, homogeneizar criterios entre los distintos territorios y facilitar la gestión de excedentes. También es imprescindible invertir en redes y digitalización para acompañar el crecimiento de la generación distribuida.
Además, sería muy positivo establecer medidas fiscales estables que favorezcan la inversión en autoconsumo y almacenamiento, especialmente en residencial y autoconsumo colectivo.
El objetivo de 19 GW sigue siendo alcanzable, pero requiere decisiones claras y una apuesta decidida por parte de las administraciones.
Si tuviera que identificar las tres grandes transformaciones que definirán el autoconsumo en los próximos cinco años, ¿cuáles serían?
La primera será la integración generalizada del almacenamiento, que permitirá aprovechar mejor la energía generada y aportar flexibilidad al sistema.
La segunda será la digitalización y gestión inteligente de la energía, con consumidores. El consumidor evoluciona a gestor energético: optimiza consumos, se electrifica (vehículo, climatización, procesos…) y responde a señales del sistema.
Y la tercera será la expansión del autoconsumo colectivo, la agregación y los modelos compartidos, fundamentales en un país con un elevado peso de la vivienda en altura.
En definitiva, el autoconsumo dejará de ser únicamente una forma de producir electricidad para convertirse en una herramienta completa de gestión energética. Vamos hacia un futuro en el que generar, almacenar, compartir y consumir de forma inteligente será la nueva normalidad.